Equipo individual: Protección Ocular en el campo de batalla (I)

Pese a que la protección craneal del soldado mediante el uso de un casco ha sido una constante desde tiempos inmemoriales, la costumbre de proteger el rostro del combatiente fue siendo olvidada con el transcurrir de los siglos. Los conflictos en Afganistán e Irak, donde las bajas estadounidenses por heridas oculares suman un 10% del total de pérdidas, han hecho reconsiderar a los mandos militares la necesidad de dotar a la totalidad de las tropas con la debida protección.

Texto: Juan Pablo Lasterra / Fotos del autor, salvo indicadas

* Este artículo incluye 15 imágenes con sus correspondientes comentarios en la edición impresa del número 302.

ojos-1-foto-us-dod.jpgEn los museos militares podemos ver cascos de soldados romanos, de cruzados cristianos, de caballeros medievales y de un largo etcétera de combatientes del pasado. En muchos de estos cascos se hace patente la preocupación por proteger no sólo el cráneo, sino también el rostro. Esta protección no era algo superfluo. Tras examinar varios yacimientos históricos de la Edad Media cercanos al Báltico, un equipo de historiadores nórdicos comprobó que la mayoría de los cráneos encontrados pertenecían a soldados que habían recibido heridas de mayor o menor consideración en el rostro, muchas veces provocadas por las empuñaduras de sables y espadas.
La mandíbula, barbilla, frente y orejas eran relativamente fáciles de cubrir pero la protección ocular era más problemática, al no existir un material transparente que facilitara la visión. Aún así, en muchos cascos antiguos, sobretodo de caballería, se aprecia un interés por resguardar los ojos al máximo, dejando tan sólo unos pequeños agujeros en la superficie del casco para facilitar la visión.
Esta protección no resultaba a veces lo suficientemente eficaz, como narra de forma tremendamente explícita Antonio Cánovas del Castillo al relatar, en “La campana de Huesca”, el duelo entre Don Jaime y Don García en el Aragón del Siglo XII: “Entonces, lanza en ristre, partieron a encontrarse los dos caballeros; con tan triste suerte para el de las negras armas, que, dándole su adversario por el poco espacio de rostro que en aquellas armaduras quedaba indefenso, le metió todo el hierro por el ojo izquierdo hasta los sesos, haciéndole saltar el ojo del casco, y dejándole clavado un palmo de su lanza rota”.
Poco a poco los ejércitos fueron despojando al infante de aquellas piezas pesadas que no resultasen vitales en su equipo. Lo mismo que los jinetes y sus monturas se desprendían de sus corazas, los infantes veían desaparecer también aquellas partes de su equipo consideradas como obsoletas, entre ellas, las protecciones laterales y frontales del casco. Por supuesto, las heridas en la cabeza siguieron cobrándose un altísimo precio en bajas, pero no se investigó mucho para paliar la recurrencia de estos daños.

De las trincheras a la guerra en el desierto

HD-SN-99-02243En la primera Guerra Mundial renació el interés por dotar al infante de una apropiada protección individual, ya que los frentes de batalla europeos se estancaron en una terrible guerra de trincheras, donde el cuerpo a cuerpo volvía a ser determinante en la conquista no de un imperio o de un reino, sino de una simple porción de terreno. Las mazas rematadas con clavos, las palas y picos y, por supuesto, los cuchillos y bayonetas volvían a recordar, con toda la crueldad de las heridas que producían, los combates medievales. La metralla de los disparos de artillería y de las granadas de mano se añadía al catálogo de peligros que amenazaban al soldado.
En esta época comenzaron a ensayarse sistemas para proteger el rostro de los infantes, ante la visible imposibilidad del casco para proteger toda la cabeza. En ARMAS Nº 291 ya les mostramos uno de esos inventos en la sección de “Curiosidades”, y en las fotografías que acompañan estas páginas les presentaremos alguno más. Claramente, la pesadez de los materiales utilizados y la rusticidad de los inventos convirtieron en un fracaso estas iniciativas, quedando para la historia precisamente como “curiosidades”.
La llegada de los plásticos supuso también la llegada de las gafas y máscaras de protección ocular al campo de batalla. Antes del nacimiento del policarbonato balístico, las gafas de plástico estaban destinadas bien para personal con deficiencias en su visión, bien para la protección solar. Algunos equipos de fuerzas especiales empezaron a adoptar máscaras con una protección ligeramente reforzada, que por su apariencia exterior se diferencian bien poco de las utilizadas actualmente. Así, en las fotos de los soldados estadounidenses de la Task Force Ivory Coast que participaron en 1970 en un fallido intento de rescatar a prisioneros de guerra en el campo de Son Tay, vemos como la mayoría de ellos contaba con una de estas máscaras en su equipo. Seguramente seguían el ejemplo de las tripulaciones de portaviones, cuyos encargados de cubierta utilizaban este tipo de gafas protectoras de forma obligatoria, lo mismo que muchas tripulaciones de helicópteros. Diez años después, durante la también fracasada operación Eagle Claw para rescatar a los rehenes de la embajada estadounidense en Teherán, los comandos de la Delta Force seguían equipados con estas máscaras.
El uso de estas protecciones por parte de los soldados regulares se empieza a apreciar a partir de la primera guerra del Golfo y en las intervenciones internacionales en países como Haití y Somalia. En los tres casos vemos que se trata de teatros de operación desérticos o semidesérticos, donde el polvo y la arena, combinadas con fuertes vientos, se transforman en peligrosos enemigos al azotar el rostro de los soldados.
Los dos conflictos más importantes de la actualidad, el de Afganistán y el de Irak, han sido claves para el reconocimiento definitivo por parte de los Estados Mayores de la necesidad de dotar a la totalidad de los soldados en el teatro de operaciones con una protección de calidad. Un reciente estudio del U.S. Army, llamado Warfighter Face and Eye Injury Protection, establece que las heridas producidas en la cabeza y el cuello sobrepasan en cuatro veces aquellas recibidas en el torso, y de este porcentaje un 10% son heridas oculares, con picos que han llegado hasta el 16%. El término “Eye armor”, o “armadura para el ojo” se ha hecho por tanto corriente en la terminología bélica contemporánea. Aunque todavía no hay datos fiables recientes al respecto, parece ser que la adopción en masa de estas protecciones oculares habría hecho disminuir notablemente esta cifra de heridas.

Gafas y máscaras: parecidas, pero no iguales

ojos-5-foto-us-navy.jpgLos principales daños oculares son producidos actualmente por las esquirlas de granadas de mano, de cohetes del tipo RPG y de artefactos improvisados (IED); por los remolinos y tormentas de arena y polvo y por los fragmentos que se desprenden de las ópticas montadas en las armas cuando estas reciben a su vez un impacto. Los daños causados por la acción del sol son también notables en ciertas regiones y climas. De todos estos peligros, los IED están considerados como causantes del 51% de las heridas oculares, según un estudio oftalmológico militar realizado en Irak en 2004. El uso de los láseres integrados en los sistemas de medición de distancias y en los señaladores de blancos como armas cegadoras se presenta también como una nueva amenaza en el campo de batalla. El Pentágono rechaza concretar datos sobre la utilización contra sus tropas de estos sistemas por parte de combatientes enemigos, pero su interés en dotar a las tropas de USSOCOM con una lente protectora contra esta amenaza es muy grande. Tal adopción está contemplada en el programa Special Operations Forces Personal Equipment Advanced Requirements (SPEAR).
Podemos dividir las protecciones oculares en gafas y máscaras. Ambas elementos persiguen los mismos objetivos, pero entre ellos, pese a tener el policarbonato balístico como componente principal de la lente, hay pocas pero esenciales diferencias que el soldado debe conocer para su propia seguridad.
Las gafas balísticas, por su forma, son lo más parecido a las gafas de protección solar. De hecho muchos modelos son variantes directas de ellas. Al igual que las de uso civil, son muy cómodas de llevar (excepto con algunos cascos de comunicaciones) y su uso se puede alargar durante todo el día. Su montura permite el intercambiar diversos tipos de lentes: ultravioleta, gris neutro, clara… Algunos de estos modelos también admiten unos acoples para lentes oftalmológicas, pues los soldados que tengan deficiencias visuales no podrían llevar un par de gafas a la vez.
Algunos profesionales estadounidenses destacan una ventaja psicológica proporcionada por el uso de las gafas, llamada coloquialmente el “look badass”. Este “aspecto de tipo duro”, lejos de ser una simpleza, es un factor muy interesante, pues estas gafas ayudan a reforzar la autoestima. De hecho, las antiguas gafas correctoras oficiales de las fuerzas estadounidenses eran conocidas popularmente como “las gafas del control de natalidad”, pues el aspecto de su montura convertía a su usuario en, por seguir con las referencias populares, un “remedio contra la lujuria”. Por ello los fabricantes se esmeran en presentar gafas “a la moda”, lo mismo que si se tratara de modelos civiles.
ojos-8-foto-otan.jpgPero precisamente el uso continuado de estas gafas cómodas y “seductoras” hace que los soldados se olviden de que cuentan con otro tipo de protección mucho más eficaz, aunque también con inconvenientes: las máscaras o, en términos ingleses, las “goggles”. Este segundo tipo de protección, a su vez parecida a las máscaras de esquiar, es mucho más eficaz, dado que las lentes cubren completamente los ojos, las mejillas y parte de la frente y cuentan con una banda de sujeción que les proporciona mucha estabilidad en la cabeza o en el casco. En caso de un viento fuerte, las gafas no impiden la entrada lateral de arena y polvo en los ojos y corren más riesgo de caída al estar sujetas sólo por las patillas. Las gafas tampoco impiden la entrada lateral de fragmentos de metralla. El nivel de protección balística de las lentes utilizadas por las máscaras es también superior al de las gafas. Las máscaras tienen además, más posibilidades de añadir soportes para lentes correctoras, además de disponer de un abanico más largo de complementos, como fundas, ventiladores o cubiertas transparentes para la lente. Otra ventaja es que la mayoría de las gafas de visión nocturna se adaptan a la mayoría de ellas sin problemas. Por supuesto, las unidades especiales de policía han usado también estas máscaras desde hace tiempo, adelantándose en su uso cotidiano a los militares. El mercado ofrece modelos pensados para un uso policial, aunque la tendencia actual es el presentar modelos ambivalentes.
La contrapartida es que, además de no resultar estéticamente agradables, las máscaras son molestas de llevar todo el día, sobretodo en zonas extremadamente cálidas como Afganistán o Irak. Por ello no son todo lo populares que deberían. Fíjense en las fotografías que acompañan este reportaje y verán que una gran cantidad de soldados las lleva en el casco en situaciones en las que su uso sería de lo más recomendado. Por ello no es extraño encontrar soldados que suelen llevar puestas las gafas y, en el casco, las máscaras para usarlas en casos extremos.
Para remediar esta diferencia entre ambos modelos de protección, el mercado ha visto como recientemente varios fabricantes proponen unas gafas con protección lateral completa, siguiendo un poco el patrón de las gafas para bucear. Un ejemplo es la ESS Advancer V12 elegida recientemente como dotación oficial para el ejército británico.
Las gafas civiles de protección solar no sirven en absoluto para una protección balística. La arena del desierto viaja a mucha velocidad, impactando en las lentes de cristal o plástico como si lo hiciera una diminuta bala. Y en el caso de impactos de metralla, el cristal o el plástico, al romperse, multiplican los estragos en el rostro del usuario. Las lentes de contacto tampoco son recomendables en el campo de batalla por razones obvias, dado que además de poder caerse en el momento menos apropiado acumulan gérmenes y suciedad que pueden provocar serias infecciones. •

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Los colores de las lentes

• Claras: su completa transparencia las hace muy útiles en interiores y en lugares en los que sus reflejos y brillos no sean un problema.

• Grises: reducen los reflejos provocados por la luz solar y son la opción ideal para exteriores soleados.

• Ámbar: debido a la sensibilidad ocular hacia este color, la agudeza visual se incrementa, lo mismo que la percepción sobre el contraste de los objetos. Ideales para su uso en exteriores durante días nublados y el amanecer.
• Verdes: tienen un tratamiento que protege contra los haces de láser y por sus características sólo son válidas en escenarios donde se deba contar con tal protección.

• Muy importante: no todas las lentes que tengan un color verde están indicadas contra esta amenaza. De hecho, las específicas tienen un tratamiento diferente según las diversas longitudes de onda.

• Otros colores: la mayoría de fabricantes de lentes profesionales excluye el uso de otros colores, pues los cuatro mencionados arriba son los estándares militares.

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Imágenes

URL: http://www.revistaarmas.com/?p=935

Escrito por Redacción el mar 16 2009. Archivado bajo Gafas. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

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